La educación como vocación de transformación social y pastoral

Desde hace poco más de tres años el Arzobispado de Córdoba nos confió la gestión del Instituto Juan Pablo II y ese mismo día nos entregaron las llaves de lo que hoy es el Club Juan Pablo II, una responsabilidad para con la sociedad y con la Iglesia, de la que somos parte, y que nos obliga a responder con entrega y responsabilidad ayudando a  niños, adolescentes y jóvenes a través del servicio, el trabajo en equipo, la caridad pastoral, la humildad y la sencillez; valores que destacamos en la Asociación Civil Hombre Nuevo, como ejes de nuestro quehacer.

Como parte de la Iglesia, sabemos que la educación es un compromiso fundamental para lograr cambios en la sociedad y hacia el seno de nuestra comunidad. En ese sentido, el Papa Francisco nos recuerda que: “Educar es una obra de construcción en constante transformación, uno de los retos más importantes que enfrenta la Iglesia, porque los jóvenes necesitan valores, no sólo enunciados, sino testimoniados”, según manifestó en una reunión con docentes católicos, tiempo atrás.

Pero también como educadores y como católicos, tenemos la doble responsabilidad de poner énfasis en el valor del diálogo en la educación, respondiendo al derecho de toda persona a formarse en libertad y acceder al conocimiento, ya que nuestras instituciones abren sus puertas a estudiantes que pueden pertenecer a otras religiones o creencias. Es en ese punto, donde el trabajo con la familia y la inclusión, son factores fundamentales para lograr el “objetivo del desarrollo integral de la persona”, como nos señala Francisco.

Vivimos tiempos de cambio, y la educación está dirigida a jóvenes que están cambiando constantemente, insertos en una sociedad exigente, exitista y en constante mudanza. En ese punto, desde Hombre Nuevo a través del Instituto Juan Pablo II, sabemos que estamos llamados a cambiar, para ayudar a superar  las barreras que le impone la sociedad a nuestros alumnos, asistiéndolos a sacar de sí, los valores, las virtudes, la voluntad, la perseverancia, el autodominio y la fortaleza, para que puedan elegir ser factores de cambio en la comunidad que les toque vivir.

En ese sentido, debemos reconocernos en la necesidad de estar formándonos de manera constante para responder a las exigencias que nos impone la realidad, donde la vulnerabilidad de muchos de nuestros niños y adolecentes debe mantenernos atentos para que encuentren su camino en los valores. Desde la escuela, el deporte y la integración de la familia cuando es posible, y cuando no,  redoblando nuestro servicio.

El Papa Francisco dijo: “La educación es un acto de amor, es dar vida. Y el amor es exigente, pide encontrar los mejores recursos, para despertar la pasión y comenzar un camino con paciencia junto a los jóvenes. El educador en las escuelas católicas debe ser ante todo muy competente, calificado, y al mismo tiempo lleno de humanidad, capaz de estar entre los jóvenes con estilo pedagógico, para promover su crecimiento humano y espiritual”.