Obra Hogar El Buen Samaritano

 “Amor que transforma”.

¿Y quién es mi prójimo?

Este proyecto tiene como propósito fundamental formar un Hogar en el cual recibir y acompañar a aquellas personas que estaban en situación de calle y quieren abandonar ese estado, buscando una mejor calidad de Vida.

Cuando compartíamos acerca de la Obra Peregrinos, voluntarios que llevan un plato de comida a las personas que viven en situación de calle, hacíamos referencia a que lo que se busca es el “abordaje integral” de las personas visitadas. Conocerlos y acompañarlos para que puedan hacer el proceso de abandonar esta situación. Gracias a la fidelidad y a este contínuo lazo de confianza que entablan Los Peregrinos con las personas visitadas es que un buen -y bendecido- día deciden abandonar la calle y buscar un lugar bajo techo para vivir.

Así nació el Hogar el Buen Samaritano y su nombre hace referencia a esa parábola que contaba Jesús de un hombre de Samaria que en su camino encontró a un hombre que había sido asaltado y golpeado por unos ladrones quienes lo dejaron tirado y medio muerto. Primero pasaron un sacerdote y un levita que al verlo se desviaron y siguieron de largo. “Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó.” (Lc. 10, 33:34)

Algunos de nosotros tampoco queremos ni mirar a estas personas en situacion de calle. Nos cruzamos de vereda, damos un rodeo, seguimos de largo, nos alejamos… justamente para no sentirnos “prójimos”.

Pero quienes son voluntarios del “Hogar” actúan precisamente, como el buen Samaritano. Reciben a estos hombres y mujeres quienes han sido apaleados por la Vida, por una sociedad que no tiene trabajo para ellos, golpeados por los vicios, o por diversas situaciones que los dejaron postrados y malheridos. Y se compadecen de ellos.

En el Hogar se respira el aroma del pan recien horneado, de unos matecitos “dulces”, casi tan dulces como la sonrisa de Ramón quien los ceba. Se siente el olorcito de la comida caliente, reparadora, hecha con Amor, de ese amor que cura las heridas del cuerpo y también las del alma. En el Hogar estas personas vuelven a tener una Familia, vuelven a ser llamados por su nombre, recuperan su dignidad.

Seguramente conocerán esas campañas publicitarias -un tanto engañosas- para vender productos con el típico “antes” y “después”. En el Hogar, eso se da de modo genuino. Es casi imposible reconocer a la misma persona que estaba antes en la calle con la que después vive en el Hogar. Se los ve renovados, sanos, el cabello arreglado, con brillo en su mirada. Y es que han sido restaurados en su integralidad por el cariño de los voluntarios que cuidan de ellos, les hacen compañía, generan actividades recreativas y talleres de oficio, actuando de ese modo como Jesús pedía: “Amando a sus prójimos como a sí mismos“.

“Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.”  (Lc. 10, 37)